No me caigo.
O al menos, no del todo.
Siempre me recompongo. Aprieto los dientes, recoloco las piezas y sigo. No porque sea fuerte, sino porque alguien tiene que hacerlo. Porque cuando el ruido mental se apodera de la persona que amas, no hay espacio para dos derrumbes.
Así que me quedo en pie.
El ruido estaba en tu cabeza.
Pero yo aprendí a vivir dentro de él.
Aprendí a distinguir tus silencios, a anticipar tormentas, a leer señales mínimas como si fueran alarmas. Aprendí a funcionar con la cabeza fría mientras por dentro todo estaba en tensión constante.
No era mi ruido, pero mi cuerpo también lo escuchaba.
Mientras todo arde, funcionas.
No piensas.
No sientes.
Solo haces.
Durante muchos años he vivido en modo emergencia.
Cuando todo es urgente, no hay cansancio. Solo tarea.
Llamas. Sostienes. Esperas. Acompañas. Sonríes cuando hace falta. Mientes si eso calma. Aguantas incluso que te tomen de maltratador por moratones que ni siquiera te dio tiempo a ver.
Hasta que un día el ruido ya no cabe en casa y termina en un hospital.
Un hospital lleno de puertas cerradas, pasillos blancos y gente demasiado joven para estar ahí como Marcial.
Veintiún años. Veintidós. Veintitrés.
Cuerpos sanos. Cabezas brillantes. Almas agotadas.
Hablas con ellos. Te sientas. Juegas una partida de ping pong para hacer el momento más llevadero. Y descubres que muchos no están rotos. Son auténticos genios. Personas sensibles, creativas, profundas. Gente que siente demasiado en un mundo que no sabe qué hacer con eso.
Mentes con una capacidad brutal para ver patrones, belleza, contradicciones. Personas que ven mariposas donde otros solo ven ruido. Que se emocionan con lo pequeño y se asfixian con lo estándar. Que no soportan vivir anestesiadas.
Ahí entiendes que el problema no siempre está en la mente, sino en el entorno. Un mundo que aplaude al que grita e ignora al que piensa. Donde la gente solo busca likes, donde los políticos perdieron el sentido común, donde el puto fútbol está por encima de miles de negocios y donde la mayoría mira el jardín del vecino porque el suyo da asco y no quiere verlo. Un mundo que fabrica ansiedad y luego te vende la calma en pastillas.
Como en tecnología, no todo hardware falla por defectuoso. A veces el sistema operativo es el que está mal diseñado. Un sistema que exige velocidad constante, rendimiento máximo, adaptación continua y cero pausa termina colapsando a los dispositivos más complejos.
Los más sensibles.
Los más finos.
Los que procesan más.
El problema es que recomponerse cansa cuando se hace una y otra vez sin descanso real.
Hay días en los que todo tiene luz de probador como dice Leiva y Robe en Caída libre. Te miras y no sabes cuándo empezaste a vivir así, en tensión, en vigilancia, en segundo plano. Siempre alerta. Siempre preparado para sostener otro temblor.
Y luego pasa algo de lo que tampoco se habla.
A veces, cuando la otra persona empieza a ver un poco de luz, tú pasas a molestar. Como cuando un ciego recupera la vista y lo primero que hace es tirar el bastón que lo acompañó siempre. No porque el bastón hiciera daño, sino porque recordaba la oscuridad.
Entonces eres el controlador.
El pesado.
El que "quiere verla mal otra vez".
Y tú, que has estado ahí cuando nadie más estaba, solo puedes hacer una cosa, SILENCIO.
Porque explicar duele más.
Porque las verdades molestan cuando no se está preparado para mirarlas.
No me caigo.
Pero ahí también cansa.
Aprendo, poco a poco, a buscar pequeños silencios dentro del ruido. A no exigirme ser el pilar todo el tiempo. A aceptar que sostener también requiere apoyo, aunque no siempre se note.
Y empiezo a pensar que quizá el verdadero problema es que hemos normalizado vivir mal. Rápido. Sin tiempo. Sin calma. Sin cuidado. Como si la vida fuera una beta permanente que nunca se termina de optimizar.
Nos dicen que esto es vivir.
Hasta que te toca de cerca.
Hasta que un hospital, una cabeza brillante rota o un amor agotado te obliga a mirar de frente.
Entonces entiendes que vivir bien es poder estar tranquilo. Dormir. Respirar. Querer sin miedo. No tener que romperte, ni recomponerte todo el tiempo.
Pero eso casi nadie lo ve.
Porque pocos han pasado por ahí.
Hasta que le toca.
Tal vez por eso hay canciones que no son para todos.
Como no lo son ciertas ideas.
Ni ciertas mentes.
Ni ciertas personas.
Canciones hechas para los rotos. Para los que han salido del infierno, los que aún están en él, los que no duermen o los que solo duermen. Para los que odian el ruido de fuera porque su ruido mental ya los dejó sordos. Para los que ven belleza en las ruinas y se cansan de lo estandarizado.
No son canciones de moda.
Son lenguajes de supervivencia.
Y quizá ahí esté la clave, no todo tiene que gustar a todo el mundo. La mayoría sigue modas, pocos se paran a sentir.
Algunos no están hechos para este mundo tal como está montado.
Y eso no los hace débiles.
Los hace incompatibles con un sistema pobre de alma.
No me caigo.
Pero me canso.
El ruido no era mío.
Pero recomponerme una y otra vez…
eso sí lo fue.
Que pastilla quieres este año la azul o la roja?